La velocidad en la que vivimos actualmente, las largas distancias  que recorremos, las presiones a las que nos vemos sometidos (as) nos hacen olvidar un principio básico de las relaciones humanas, el intercambio de afecto.  Llegamos a la casa y aventamos el portafolio y también las ganas de comunicarnos; queremos dormir y descansar lo más rápido posible: “es que el trabajo…”, “es que el jefe…”, “es que mañana tengo que entregar…” y justificamos nuestro silencio, nuestra distancia de los seres que decimos querer.

Pero si a este vértigo citadino, le agregamos una historia de “anorexia afectiva”, unos padres y madres que nunca nos dijeron que nos querían, si pensamos que manifestar ternura es una manera de vulnerarnos, el asunto es grave.  Posiblemente tenemos la piel de cocodrilo, o una tipo cactus llena de espinas, porque el cuerpo, su piel, pero sobretodo el espíritu, se alimenta de amor, de afecto, de caricias.

AMOR Y AFECTO DESDE LOS PRIMEROS DÍAS.

A los padres que tienen bebés recién nacidos que se ven precisados a vivir por un tiempo dentro de una incubadora, les sugieren que los visiten y los toquen, que les acaricien la piel y que les hablen con palabras amorosas.  A un menor hay que cargarlo, masajearlo, arroparlo, acurrucarlo para que se sepa querido, bienvenido.  Cuando vamos creciendo también necesitamos cariño y manifestaciones de afecto.  Nos encantan los besos, los abrazos, los niños acariciados con respeto y afecto son más seguros, tienen un buen nivel de autoestima y por supuesto que de esa manera aprenden a transmitir su propios afectos.

Hay etapas en las que nos gusta más la intimidad.  ¿No le ha pasado?  Un día, sin esperarlo, cuando usted deja al menor frente a la escuela le sorprende con un “no me beses frente a todos, me da pena”.  Son niños (as) que ya se sienten grandes y para los que los besos son asunto de “chiquitos”.  En la adolescencia, algunos se enojan y no desean que los abracen ni que los besen, pero es solo temporal, todos deseamos ser queridos, pero los adultos tenemos que aprender que en cada etapa el afecto se manifiesta o se pide, de formas distintas.  Hay padres de hijos varones que por el hecho de ser hombres dejan de besarlos o abrazarlos; creen que distanciarse afectivamente de ellos es una forma de hacerlos más hombres. Asocian el afecto y la ternura con emociones femeninas y las desechan de su vida. Evitar  acariciar, besar y abrazar a nuestros seres queridos abre un abismo afectivo y emocional.

EN LA SEXUALIDAD EL AFECTO IMPORTA.

No todos tenemos la misma facilidad para decir te quiero, ni para comunicar afecto, pero lo que si es necesario es inventar formas para expresarlo. El afecto no se compra ni se adivina, al contrario, se gana, se cultiva y se siente.

Por eso las relaciones sexuales no pueden limitarse a la mera reproducción.  Nuestro cuero está equipado para el placer, para las sensaciones y los estremecimientos, y por supuesto para dar y recibir afecto.  Todo el cuerpo es una gran zona erógena que puede ser estimulada en toda su extensión.  Todas las caricias y los besos que intercambiamos en un encuentro amoroso son formas de decirnos ¡cómo me gustas!, ¡cuánto te quiero!, pero es muy reconfortante escucharlo de viva voz.  Una de las formas mas bellas de mejorar la calidad de nuestro erotismo es inventando caricias, besando espacios desconocidos, acariciando lugares y pliegues que pensamos que no tenían sensibilidad.  Hay muchas parejas que se dedican a reproducir e imitar imágenes de películas, pero evitan sentir.  Allí está el punto de contacto, dejarse sentir.  No sirven de nada las posiciones nuevas y actos contorsionistas  si la pareja no siente y si no comunica su gusto y su placer.

Tratarse bien, consentirse y quererse a uno mismo (a) es una forma de aprendizaje.  ¿Me puedo acariciar? Claro que sí.  ¿Se vale caerme bien? Por supuesto.  Si te sientes bien con tu persona, se te facilitará el camino para hacer sentir bien a otros, para comunicar tu bienestar.  Abrazar, besar, amar no nos resta fuerza, al contrario, nos fortalece y nos hace mejores seres humanos.

 

* Este artículo se publicó en la sección ESTILOS de El UNIVERSAL el 26 de marzo de 2006, pero fue modificado para esta presentación.