NUESTROS SENOS

Para empezar quisiera precisar una idea: las mujeres no somos simplemente unos senos, NO. Somos un cuerpo completo, somos un ser integral. En los anuncios publicitarios, e incluso, en muchas películas pornográficas, a las mujeres nos muestran como poseedoras de grandes y perfectos senos; centran y focalizan su atención en esa zona del cuerpo femenino, pero esas imágenes contribuyen a que en ocasiones nos miremos fragmentadas, como si fuéramos piezas de un rompecabezas.

 

Desde los primeros años del ser humano sobre la tierra, los senos femeninos han sido venerados como fuente del alimento necesario para la supervivencia, pero también como pretexto para representar otros momentos de la historia. Muchas de estas ideas quedaron plasmadas en primitivas esculturas, o pinturas de las más diversas épocas y corrientes. Recordemos por ejemplo, a la Venus de Grimaldi escultura de piedra con grandes senos que data de aproximadamente 23 mil años antes de la era cristiana; algunas reproducciones egipcias en donde la Diosa Isis amamanta a su hijo Horus; las cientos y cientos de pinturas en donde la Virgen María alimenta a al Niño Jesús, o las imágenes de mujeres de senos expuestos bajo el nombre de Libertad o Patria posteriores a la Revolución Francesa. Los senos han sido una fuente muy rica de inspiración para los artistas y creadores, pero es más o menos hasta el siglo XIX en donde los intereses comerciales se apropian de esta área para imponerle el uso de sostenes, corsés, cremas, lociones y más recientemente implantes para corresponder a una figura con todo “puesto en su lugar”.

 

Para el tema de esta columna, esto tiene un fuerte significado porque pareciera que el deterioro de los senos esta íntimamente ligado al envejecimiento. Los senos turgentes, firmes, jóvenes, prometen salud y placer; el seno envejecido no es digno ni de ser visto y mucho menos acariciado, avergüenza a su dueña. ¿para qué podría servir? se preguntan. Esta mirada, es fundamentalmente masculina, mercantil y descalificadora. Se vuelve a fragmentar el cuerpo de la mujer. No es ninguna noticia hablar de las mujeres que se niegan a ver envejecer sus senos y buscan pronto el apoyo de las prótesis, que aún con riesgo para su salud, piensan que las hará sentir mejor frente a la mirada inquisitorial de muchos.

 

Sin embargo, existen otra formas de observar el paso del tiempo. La generosa mirada y la valiosa reflexión que sobre los senos tienen algunas mujeres como Deborah Abott, deja testimonios como este: “Siento tanto aprecio por estos pechos, como el placer que ellos me han dado. Los pequeños se han ahogado con su leche, los amantes se han dejado rociar por ella, y yo misma la he probado y la he tocado. Mis pechos son los de una mujer que ha vivido mucho y bien. Ahora los llamo pechos perezosos. Han cumplido con su labor y yacen sobre mi pecho lo mismo que una fruta caída en el suelo”. La autora, acepta gustosa la función que han tenido y los placeres que le han brindado. El envejecimiento se recibe de manera natural.

 

En la década de los sesenta del siglo pasado, la quema real y simbólica de los sostenes, la negativa a usarlos, fue una forma de manifestar la inconformidad por la manera en cómo los senos femeninos eran vistos. ¿Qué significaron las marchas de protesta por el respeto a los derechos de las mujeres en donde ellas llevaban el torso desnudo?. ¿Qué significado tuvieron los pechos desnudos de mujeres que habían sido mutiladas de un seno y que exigían mayores presupuestos para la investigación de cáncer mamario?. ¿Esas mujeres no tienen derecho al erotismo?, ¿su vida sexual queda cancelada?, ¿no son candidatas para volver a recibir la mirado de un hombre?, ¿son menos mujer?. El fragmento de un texto de la poetisa norteamericana Audre Lorde nos ofrece otro punto de vista: “Yo me veía extraña, diferente y peculiar, pero, de alguna manera, incluso mucho más yo misma, y por lo tanto mucho más aceptable de lo que lo hubiera parecido con aquella cosa embutida dentro de mis ropas. Pues ni siquiera la prótesis más perfecta del mundo podría anular aquella realidad o tener el tacto que antes tenía mi pecho, de modo que, o amaba mi cuerpo de un solo pecho ahora, o sería siempre una extraña para mi misma”.

 

Los senos son algo más que un trozo de cuerpo para vender un brassiere o una crema antienvejecimiento.

 

Este artículo se publicó originalmente en la Revista PLENILUNIA en diciembre 12 de 2011.

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